Renunciando a Israel por una cuestión de principios


¿Cómo responder a la pregunta “Reconoce el derecho de Israel a existir”?

 

Steve Salaita

stevesalaita.com

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Cuando los antisionistas debaten sobre Oriente Medio, el tema de la existencia de Israel rara vez surge. Es casi exclusivamente un punto de conversación proisraelí. Nos centramos en la liberación nacional, en cómo sobrevivir a la represión, en las estrategias de resistencia, en recuperar historias subyugadas, en las complejas (y a veces delicadas) relaciones entre una población indígena desagregada por décadas de agresión. Que un Estado colonial —o cualquier Estado en realidad— no posee derechos ontológicos es una suposición tácita.


La pregunta “¿Reconoce el derecho de Israel a existir?” pretende honrar a los oprimidos, pero es una propuesta completamente diferente que transforma ideas sofisticadas de liberación en un crudo test de respetabilidad política. Dar prioridad al Estado como ente merecedor de ayuda, como algo a lo que automáticamente debemos deferencia, somete la vida a los imperativos del capital.


El objetivo fundamental de la pregunta es atribuir una posición siniestra a los disidentes. Y logra ese objetivo aunque los disidentes no promuevan la destrucción. La mera defensa de la vida palestina es suficiente para evocar el miedo existencial del colono israelí. Para las personas socializadas en la ortodoxia, Israel es sinónimo de progreso, tecnología y producción. Afirmar su existencia es un respaldo al statu quo; no importa cuán ridícula sea como premisa moral, en los espacios capitalistas es una exigencia perfectamente sensata.


Hay muchas razones para evitar la exigencia. La primera razón es práctica: no abogamos por la destrucción de las comunidades humanas, sino de las ideologías que conducen al racismo y la desigualdad. Es insidioso y poco ético vincular al pueblo judío (de cualquier origen nacional) con la existencia de una política violenta y rapaz. Ese tipo de vinculación es un grave perjuicio para los activistas e intelectuales dedicados a buscar un mundo mejor, y para las comunidades para las que un mundo mejor es una necesidad de supervivencia. Nadie me ha pedido nunca que afirme la existencia de otro Estado-nación, una exigencia que también rechazaría. Los sionistas singularizan constantemente a Israel para que reciba un trato especial.


Además, resulta notablemente descarado que los campeones de un Estado fundado en la destrucción de Palestina, ahora en su octava década de limpieza étnica, pidan reconocimiento a las víctimas de su malevolencia. Peor aún, el reconocimiento es solo la punta de la exigencia. También se nos pide legitimar el apartheid e ignorar la comisión rutinaria de crímenes de guerra. El resultado es validar a Israel como objeto militarizado del imperialismo occidental; en otras palabras, afirmar la existencia de una entidad profundamente antihumana.


Consideremos la exigencia en el contexto de América del Norte, que es donde se emite con mayor frecuencia. Aquellos de nosotros que actuamos en esta geografía no tenemos la autoridad para abdicar de casi el 80% (y posiblemente el 100%) de la Palestina histórica. No es prerrogativa de ningún occidental renunciar a Palestina bajo la presión de la insistencia espuriamente humanista de los sionistasde que se excuse su perfidia porque de alguna manera eso nos convertirá en ciudadanos más responsables.


Estoy feliz, ansioso incluso, de afirmar el derecho del pueblo judío a vivir en paz y seguridaddondequiera que sea, un derecho que todos los seres humanos merecen sin necesitar ningún orden particular de dignidad. Pero no ratificaré la sangrienta fundación de Israel o su devoción por la supremacía racial. En última instancia, cuando los sionistas te exigen que afirmes el derecho de Israel a existir, lo que realmente buscan es la afirmación de la inexistencia palestina.


Más allá de estos factores filosóficos, políticos y prácticos, hay una razón psicológica digna para rechazar esa exigencia. Los sionistas son los acosadores en este supuesto conflicto y disfrutan de un apoyo casi universal en los centros del poder político y económico. Tienen más fondos, mayor acceso a medios corporativos y el respaldo del ejército estadounidense. Sin embargo, los palestinos tienen una forma de poder que no requiere de dinero, plataformas o armamento: la capacidad de retener su legitimidad frente a Israel. Es un poder pequeño, sin un aparato material, pero, no obstante, es un poder al que solo un tonto o un oportunista renunciarían. Cuando un opresor hace de la sumisión la base de la responsabilidad cívica, la insolencia es la única respuesta digna.


SteveSalaita es un académico y escritor estadounidense de origen jordano-palestino.


Fuente: https://stevesalaita.com/renouncing-israel-on-principle/#more-468

 

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