El Enfoque: Democracia o Barbarie

 

candidatos Uruguay, Chile & BoliviaEn poco tiempo, Uruguay, Chile y Bolivia vivirán actos comiciales de especial relevancia. No estarán en juego sólo los signos políticos de los futuros gobiernos en cada unos de esos países, sino la suerte progresista de la región.

 

 

Hace poco más de una década, América Latina comenzó a recorrer un camino que tiende, al menos, a desandar las premisas fundantes del modelo neoliberal. Emergen gestiones de gobierno que podríamos enmarcar en el terreno político-ideológico de este principio del siglo como “progresistas” o “neopopulismos”, más allá de las connotaciones que estos términos tuvieron en otros momentos históricos.

El actual escenario se desarrolla en un particular contexto geopolítico, definido por el imperio del sistema capitalista y sus consecuentes crisis, las que ameritan un poco de historia.

Después del “crack” de 1929, el liberalismo económico y político dio paso a dos opciones que anidaron al interior del modelo capitalista. Así se extendió hasta los setenta una respuesta eficaz, el llamado “Estado de bienestar” desde la teoría económica “keynesiana”; y una respuesta reaccionaria, el gran estado totalitario signado por el nazi-fascismo. En ambos casos, la idea fue darle mayor intervención al Estado en la administración económica, y se minimizó la máxima de que el mercado podía regular y ordenar por sí mismo.

A partir de mediados de los ‘70 la ola neoliberal -hoy puesta bajo sospecha- se inició con la caída del Estado de bienestar y en nuestra región se impuso a sangre y fuego con las dictaduras cívico-militares organizadas desde el centro imperial. 

Una vez comenzado el proceso de recuperación institucional-democrática, en América del Sur se reabre el debate acerca de la necesidad de Estados fuertes que pongan las reglas de juego y definan de manera soberana sus acciones político-económicas: ¿Neopopulismos? ¿neokeynesianismo? ¿Progresismo? 

Como sea, hoy la región ensaya una respuesta propia: la Cuba revolucionaria en su etapa actual, la Venezuela bolivariana, el Ecuador de la revolución ciudadana, la Bolivia plurinacional de Evo Morales, la Nicaragua del nuevo sandinismo.

Los pueblos encarnados en esos proyectos tienen mucho que decir en cuanto a alternativas al capitalismo globalizado. El Uruguay frenteamplista, la Argentina de la recomposición kirchnerista, el Chile de la Concertación, el Brasil del obrero-presidente Lula Da Silva, son también ejemplos, con diferentes grados de definiciones y avances, que acompañan esta rearticulación de signo progresista en América Latina. 

Varios de los actores que hemos mencionado se enfrentan a procesos eleccionarios que pondrán en juego el afianzamiento de esta senda novedosa emprendida en los últimos años. Al resto de los países no les resulta ajeno este escenario.

Tiene especial relevancia que se mantengan en el poder los dirigentes y los proyectos que, con sus diferencias, han aportado a estos nuevos aires latinoamericanos.Eventuales triunfos electorales de las derechas conservadoras y restauradoras implicarían significativos retrocesos.

De mantenerse en las esferas del poder, los gobiernos populares pueden elevar la voz de América Latina en favor de una salida progresista y democrática a la crisis.

Si actúa como bloque, nuestra región puede ser un contrapeso a las voces de los centros dominantes, que priorizan resoluciones de ajuste y redefiniciones por derecha. Para que ello suceda es indispensable que en los inminentes escenarios electorales se impongan las fuerzas que en Bolivia, en Uruguay y en el mismo Chile vienen gobernando.

Los países que, desde sus cercanías a la estrategia de Estados Unidos, mantienen una postura de mayor enfrentamiento con sus pares latinoamericanos, son justamente aquellos cuyo sello político no se ha distanciado del neoliberalismo dependiente. Los actuales gobiernos de Colombia y Perú son claros ejemplos de la alternativa por derecha para el actual tablero regional.

La integración para la defensa aparece como un claro desafío ante la nueva importancia que el imperio le atribuye a la cuestión latinoamericana. La administración responsable y soberana de nuestros recursos naturales exige una fuerte respuesta en sintonía con la profundización de los procesos progresistas de la región.

En un futuro no muy lejano, en el que agua será un bien aun más escaso, la protección y racionalización de los recursos del Acuífero Guaraní, por ejemplo, o de los glaciares asociados a la zona cordillerana exigirán acciones conjuntas de defensa. Lo mismo puede afirmarse en relación a la gran área amazónica. 

Se impone una respuesta integracionista contra la injerencia externa que pretende hacer pié en nuestros países. Ante el riesgo de triunfos conservadores en los próximos procesos electorales en la región, ensayemos un ejemplo de la situación inversa: ¿Un avance progresista en Colombia implicaría continuar con la instalación de bases militares estadounidenses? Probablemente no, y se evitaría entonces el choque al interior de sub continente, como el que está latente entre Bogotá y Caracas. 

Es por esto que, más allá de la profundidad y especificidad de los cambios experimentados al interior de los diferentes países de la región, hoy la política exterior resulta decisiva en el análisis de las gestiones nacionales.

La llegada de gobiernos que se alejan de la retórica neoliberal con sede central en Washington, resultó también una marcada política de integración. El marco ha sido el entendimiento de que sólo insertos en una profunda articulación regional podrán ser viables los proyectos nacionales que emerjan de una crítica al consenso neoliberal y avancen hacia un contrato social de nuevo tipo. 

Las violentas actitudes de la reacción conservadora ponen en peligro lo alcanzado. Los intereses económicos más concentrados y las derechas políticas locales construyen su articulación, su contraofensiva, y lo hacen con base en las estrategias estadounidenses: organizan golpes de Estado, como en Honduras, y climas destituyentes y escenarios políticos favorables a una eventual restauración conservadora, como en Argentina y Bolivia.

Un triunfo electoral de la oposición derechista en Chile, Uruguay o Bolivia representaría mucho más que un cambio de signo político en tal o cual país. Implicaría un gran retroceso histórico en el proceso regional, un golpe certero a los instrumentos antihegemónicos más eficaces: la solidaridad democrática, la soberanía política y la integración latinoamericana como ideas fuerza para la puja que desata el nuevo escenario mundial. 
 
 
Fuente: APM

 

 

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