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Democracias distópicas


Un programa de tele postula que un oso de peluche puede ganar una elección. Lo que cuenta irónicamente Black Mirror es una posibilidad creciente: que deje de importar quién nos gobierne y que la idea de  ciudadanía pase a formar parte del basurero de la historia. Las instituciones democráticas no han encontrado el camino para revertir esta tendencia.

 

Escribe: Christian Kupchik distopiás, neonazis, Trump

En 1605 aparecerá en Francia un opúsculo que habrá de sacudir la modorra libertina de la corte de Enrique III. En sus páginas, se daba cuenta de una isla flotante (y por tanto irreconocible para la cartografía) en el mar Austral poblada únicamente por una raza de bizarros seres, idénticos en todo a los humanos sin ser hombres ni mujeres. El sitio se conocerá como La isla de los Hermafroditas y debe su existencia a la pluma de Artus Thomas, sieur de Embry, quien intenta denunciar así los vicios cortesanos. Retomando el marco de los textos utópicos, el autor invierte los datos colocando el humor y la gravedad en un novedoso contexto paradojal. Logra así lo que se entiende como la primera distopía, o bien, antiutopía.

La obra recupera una serie de antiguas anécdotas satíricas que intentan no sólo denunciar la corrupción reinante, sino asimismo eludir con ingenio las trampas de la censura. Presenta, además, una perspectiva general que logra arrojar luz sobre el amaneramiento en la construcción del Estado barroco. Percibida en un primer momento como un lugar paradisiaco, la Isla de los Hermafroditas se revela rápidamente como un sitio construido sobre el paradigma del mundo invertido. Los valores de la moral serán derribados uno a uno: “No entendemos en absoluto al homicidio como un crimen […] Los parricidas, los matricidas, los fratricidas, y otros que cometan acciones de tal calidad, no serán de ninguna manera perseguidos por los nuestros (…) Los secuestradores, violentos y otros dedicados a tales galanterías, serán tenidos en alta reputación por todo este Imperio”.


De acuerdo con el Oxford English Dictionary, el término distopía fue acuñado a finales del siglo XIX por John Stuart Mill, quien también empleaba el sinónimo creado por el filósofo Jeremy Bentham, cacotopía. Sin embargo, esta isla de los hermafroditas ya reúne todos los ingredientes de una utopía negativa, vale decir, de una realidad que transcurre en términos simétricamente opuestos a los de una sociedad ideal. Lo que los hermafroditas de Artus estaban lejos de imaginar es que en el siglo XXI se reflejarían sobre un espejo negro en toda su dimensión grotesca.



Lo primero que vimos fue al Primer Ministro británico obligado mediante una sutil estratagema a mantener relaciones sexuales con una cerda. Y las consecuencias que tal acto tendría en términos ya no sólo humanos sino sobre todo políticos. El episodio se proyectó en diciembre de 2011 bajo el nombre de The National Anthem. Esa fue la primera entrega de Black Mirror, el excepcional ciclo dedicado a distopías presentes y futuras imaginadas por Charlie Brooker para Channel 4. Si bien la literatura del siglo XX nos entregó algunas joyas distópicas (Nosotros, de Zamiatin; Un mundo feliz, de Huxley; 1984, de Orwell), Brooker va un paso más allá en la dimensión desconocida: nos enfrenta a la pesadilla tecnológica que nos sumerge en una realidad virtual en la que no somos más que otro ladrillo en la pared del sistema. “El espejo negro es lo que usted encontrará en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente”, definió el bueno de Charlie. El tema pasa por ver qué ocurre del otro lado del espejo.

El 25 de febrero de 2013 llegó un episodio conocido como The Waldo Moment, dirigido por Brynn Higgins y siempre con guión de Brooker. No será uno más. Y no sólo porque cierra la segunda temporada. Waldo  es un encantador osito azul, un  dibujo animado creado por un treintañero que viene de fracaso en fracaso. El secreto de su éxito está basado en un humor burdo, escatológico, simplón, sin otra cosa que ofrecer que el gesto de su rebeldía. Lo increíble es que,  enfrentado a la estructura política, consigue más adhesión que los partidos del establishment. Monroe, el candidato conservador, trata de disuadir a los seguidores de Waldo diciendo que el oso azul no es real, no existe, y por tanto no tiene sentido escucharlo ni mucho menos otorgarle autoridad. Sin embargo, ¿no existe algo que tiene cara, ojos y una sólida opinión, aunque sea a través de una pantalla? Waldo aprovecha su popularidad para representar la opinión de la gran mayoría (el famoso “populismo”) y así encauzar ese pensamiento único que, abracadabra, cada vez aparece como más homogéneo.


El episodio ofrece una visión extremadamente negra y satírica del mundo político actual, donde un personaje inexistente y sin un mensaje definido, sin ideas ni propuestas, es capaz de convertirse en una fuerza política votada por una multitud (tomemos el término de Tony Negri) que no cree en los políticos. La ironía del relato deja lugar a un desasosiego profundo, en particular cuando un personaje norteamericano de la “agencia” se muestra muy entusiasmado con el rol de Waldo y sugiere llevar su modelo a Sudamérica. Claro que no se trata sólo de Sudamérica.


Donald Trump, candidato autoproclamado del pueblo, fue elegido contra los partidos pero asimismo contra el sufragio popular. La candidatura de Jean-Luc Mélenchon fue capaz de hacer olvidar las viejas lunas estatistas y autoritarias del movimiento comunista detrás de la promesa de organizar la constitución de una VI República. Por supuesto, nadie se lo creyó. En el colmo de la ironía, la candidata del partido neonazi Front National descubre convenientemente su pasión por “el pueblo” y promete gobernar a través de referéndums. A pesar de estas estratagemas perversas, quien termina imponiéndose es un oscuro liberal alejado de las auténticas banderas liberales.


Para hacer frente a la presión de la Unión Europea, el primer ministro David Cameron pretendió movilizar un pueblo pasivo que,  contra todo y a pesar de todo,  prefirió tomar la palabra antes que someterse a la que se pretendía imponerle. En Finlandia, paradigma de la excelencia en educación, llegó al poder el bloguero Jussi Halla-aho, líder del partido Sannfinländare (Finlandia Auténtica), como consecuencia de la popularidad que alcanzó con sus comentarios abiertamente xenófobos, de los que no se priva ni siquiera desde su actial cargo en el ejecutivo. De hecho, se define como un “racista pura sangre”. De acuerdo a las predicciones, en las próximas elecciones de su vecino, Suecia, el año próximo, quien cuenta con mayores posibilidades de alcanzar el poder es un peculiar partido que responde al nombre de Sverige Demokraterna (Los Demócratas de Suecia). Detrás de su denominación aparece una ideología abiertamente neonazi y nada proclive a  la democracia participativa.


Forza Italia, el partido del inefable Berlusconi, junto a la fascista Liga Norte de Matteo Salvini y sobre todo el Cinco Estrellas, del cómico Beppe Grillo, fueron los triunfadores del referéndum de diciembre de 2016, en tanto el gran derrotado fue Matteo Renzi, precisamente el único que proviene de una matriz política más o menos tradicional. Grillo definió la cuestión con claridad: “No existen ideas de izquierdas o de derechas, sino ideas inteligentes o estúpidas”. ¿Cuáles son entonces esas ideas “inteligentes” que propone? La respuesta se modifica según el momento en que surge la pregunta. Si algo ha demostrado su partido, el Movimiento 5 Estrellas, es su capacidad para surfear la ola del malestar social.


“Ideas inteligentes o estúpidas”. El Gato asiente sin comprender del todo (por lo general nunca lo hace) el concepto del Grillo. El Osito Azul sonríe: no lo puede desmentir.



De la sumatoria de todas estas evidencias, surgen unos cuántos interrogantes. ¿Existen aún las democracias? ¿Pueden y quieren los pueblos tener una mayor participación en las decisiones políticas? En caso de que así sea, ¿cómo adaptar nuestras instituciones para que sirvan como un espacio que colabore con una mayor aspiración democrática? ¿Cuáles serían las condiciones necesarias para llevar adelante dicha renovación fuera del ámbito institucional?

Si bien el carácter novedoso de estos debates es discutible, no hay duda de que ocupan un lugar destacado de la esfera pública y se han vuelto una cuestión apremiante en muchos rincones del planeta.


En su ensayo Il disaggio de la democracia (2011), el filósofo italiano Carlo Galli sostiene que existe un malestar de la democracia que se expresa de manera doble: en primer lugar en términos subjetivos, por el sujeto que debe considerarse “ciudadano”. Se manifiesta como un desafecto, como una indiferencia cotidiana que se traduce en la aceptación pasiva y acrítica de la democracia, o bien, en el rechazo implícito a sus presupuestos más complejos y comprometedores. El hombre de hoy que vive en las democracias reales, afirma Galli, mantiene con la política una actitud cada vez ajena que se transforma en una repulsa rabiosa o resignada, generada por el desconcierto de una muerte que no se puede anunciar. Así aparece la apatía junto a la protesta. Y precisamente este elemento, si bien pasivo, convierte el malestar en algo más que un “desencanto” o sino en  una resignada desconfianza hacia la democracia.


Por otra parte, también se trata de un malestar objetivo, estructural. Nace de la inadecuación de la democracia, de sus instituciones, para mantener sus propias promesas y estar a la altura de sus objetivos humanísticos: otorgar a todos igual libertad, iguales derechos e igual dignidad. Galli cierra este dilema: con la siguiente reflexión:

“Si bien es cierto que el trono de la democracia hoy está vacío, pues no se sientan en él ni el pueblo, ni el Estado, ni el individuo, ni los partidos (…) también es cierto que ese trono todavía está presente, para bien o para mal. La cuestión es entender si ese trono es solo un simulacro”.

Lo que se pregunta, en verdad, es si estamos ante una crisis terminal de la democracia moderna (de la política moderna), si sus contradicciones internas están explotando sin remedio y,  por consiguiente, si ya ha dado todo lo que podía de sí. La pregunta es qué surgirá de esta crisis, si el futuro no es más que el porvenir de una ilusión. Si será que el sentido cívico ya ha sido sustituido por la manipulación mediática y el poder del demos (del pueblo) se ha perdido en beneficio de algunos estamentos de dominio. Cabe también la posibilidad de un cambio, de desencadenar una vez más un mecanismo virtuoso que plantee un relanzamiento de la democracia para salir hacia adelante a partir de sus propias dificultades y contradicciones.


En ese malestar del que nos habla Galli radica asimismo la alternativa de encontrar un nuevo refugio capaz de recuperar un sentido de lo social a partir de un nuevo humanismo. De lo contrario, deberemos resignarnos a seguir observando en el espejo negro como discurre la distopía moderna, acompañados por Waldo y su ejército hermafrodita, mientras añoramos con melancolía el sitio de ese no lugar alguna vez llamado Utopía.

 

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