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Atrapado en libertad. Discurso capitalista y campos de concentración

En el año 1967 Jacques Lacan advertía que los campos de exterminio nazis eran una muestra de lo que iba a venir. De lo que iba a venir como efecto del reordenamiento de las agrupaciones sociales por la ciencia y del desarrollo de los mercados comunes.

 

¿Quién podía escucharlo en aquel entonces cuando Europa occidental se había recuperado de la segunda guerra mundial tan rápidamente? Una época en que las colonias se independizaban y la alternativa de vida parecía oscilar entre incluirse en el mercado para crecer económicamente o hacer la revolución para vivir más moderadamente pero libre y soberano.

Michel Foucault localizó el viraje que se produjo del liberalismo de Adam Smith al neoliberalismo de la posguerra. De ser una teoría que limitaba el poder del estado para dejar un espacio de libertad al mercado a ser una teoría que intenta justificar el debilitamiento del estado para someterlo a la lógica del mercado. Para ello sirvió la crítica al nazismo como el resultado supuesto de una inflación de la intromisión estatal en la sociedad. La tesis de Foucault es que el nazismo fue mas bien una tentativa sistemática de debilitar al estado desde adentro. Se le hizo perder su jerarquía de persona jurídica y quedaron sus funciones sometidas al partido y al fuhrer como representantes del pueblo. Mas que tratarse de un estado totalitario se trató de un estado arrasado y se conformó un bloque político, jurídico, social y económico aparentemente sin grietas.  Los desechos de este bloque monolítico fueron a parar a los campos de concentración.

El neoliberalismo de la Escuela de Chicago pretende crear un bloque con esa misma consistencia. Pero ahora sería la lógica económica de la libre competencia la clave que atravesaría todos los estamentos sociales. El estado sería reducido así a cumplir la función de policía garante del sostén de la lógica del mercado.

La presencia del fantasma comunista hizo que, para expandir los mercados durante las posguerra, a las agresiones bélicas y comerciales tuvieran que unirse las seducciones de una política de bienestar sobre todo en Europa y Japón. El liberalismo económico se desarrolló así de la mano del liberalismo político democrático. En los países del tercer mundo esto sucedió de otra manera. El liberalismo económico se desarrolló mayoritariamente de la mano de lo que se llamó terrorismo de estado en el eje político y de una moral conservadora en las costumbres de la vida cotidiana.

En el último reportaje que dio el General Videla antes de morir lo dijo con todas las letras: “Dimos el golpe de estado para instalar la economía libre de mercado”. Es decir, el llamado terrorismo de estado es en realidad un terrorismo económico, de mercado. Allí las funciones del estado han quedado subordinadas a una lógica económica. Por eso no fue aquella sólo una dictadura militar sino fundamentalmente económica.

En su libro “La doctrina del shock”, Naomí Klein analiza prolijamente el desarrollo sistemático de la doctrina neoliberal de la Escuela de Chicago llevada a cabo, sobre todo a partir del golpe de Pinochet en Chile, de la mano de intervenciones militares utilizando la tortura, los secuestros, asesinatos y genocidios para disciplinar económicamente a las sociedades de diversas culturas a lo largo y ancho del planeta. La misma autora, en “No logo”, cuenta con lujo de detalles la estrategia comercial de las multinacionales que ya no fabrican productos sino marcas a través de agresivas campañas de marketing y tercerizan en países del tercer mundo la fabricación de sus productos, en ciudades-fábricas donde las condiciones de trabajo se acercan a la de la esclavitud de los campos de concentración. En ellos la amenaza mayor no es el asesinato directo sino la expulsión hacia el yermo en que se va convirtiendo el afuera del mercado de las grandes marcas. Como en Auschwitz hay mínima inversión y máximo desempeño. El terror funciona como recurso motivacional. El desarrollo tecnológico y de mercado ha hecho disminuir la mano de obra necesaria,  lo que hace que no falten voluntarios para estos campos de trabajo-esclavo, capaces de suplantar a los que ya no rinden lo que se les exige.

 

Las políticas neoliberales que prometen lluvias de inversiones a cambio de flexibilidad laboral no hacen otra cosa que empeorar las condiciones de trabajo y aumentar la desocupación para disciplinar a los esclavos modernos con la esperanza de traer inversores que produzcan mercaderías para ser vendidas en los países del primer mundo, ya que el empeoramiento del trabajo achica aún más el mercado local. Es decir, proponen un negocio para unos pocos. No es de extrañar que la última moda sea poner a los Ceos de las multinacionales a manejar los gobiernos. Se trata de evitar los intermediarios. De borrar la política, considerada un obstáculo para el desarrollo de la razón económica neoliberal.



La victoria de Trump en los Estados Unidos parece mostrar que también en el primer mundo se estaría cayendo la careta progresista del neoliberalismo. No es Trump un populista al estilo latinoamericano. Mas bien parecería encarnar la esencia fascista de la doctrina de la Escuela de Chicago.

 


Para el neoliberalismo el trabajador ya no es el portador de una fuerza de trabajo que se oferta como variable del mercado, del cual por sustracción de plusvalía se va a obtener un capital. Como lo describe Foucault, se pretende que sea un sujeto portador de un capital, medible de acuerdo a ciertas variables que puede llegar a poseer y por lo cual se le pagará su salario. Se ha inventado así el llamado capital humano. De esta manera la educación, la salud y hasta el amor parental pueden ser concebidos como inversiones para formar ese capital. La vida entera es reducida así a una cuestión de cálculos de inversiones, costos y ganancias. La lógica neoliberal supone un mundo donde todos, incluídos los trabajadores, han devenido capitalistas, empresarios de sí mismos. En este mundo ideal todo lo real es económico y todo lo económico es real.

“El trabajo nos hace libres”, decía un cartel a la entrada de Auschwitz. Cuenta Primo Levi que en un lugar del campo había una pileta y una canilla de la que salía un agua inmunda. Sobre la canilla un cartel ordenaba que había que lavarse y estar limpio, cosa imposible de hacer. El encuentra allí a un hombre que hacía la mímica de lavarse todos los días y que le explica que era la forma que él encontraba de no perder el último rastro de civilización que tenía. Se trataba de hacer “como sí” se lavara, una pseudoadaptación. Frente al doble discurso que le ordena lavarse y no lavarse a la vez, la persona que pretende disciplinarse colapsa o recurre al “como sí”. Sergio Rodríguez ha caracterizado a la cultura actual como una cultura “como sí”. Este mecanismo pareciera ser una respuesta pseudoadaptativa a la prevalencia de discursos ambiguos. Estos se pudieron apreciar claramente durante la campaña presidencial y durante el gobierno de “Cambiemos”. No se habla de política ni de economía y se miente descaradamente mientras se promete felicidad y amor. Toda esta farsa se sostiene gracias a un formidable aparato mediático que responde a los mismos intereses económicos para los que trabajan los Ceos y a la manipulación discursiva de eslóganes diseñados a partir de estadísticas. Los guiones son diseñados por Durán Barba, un admirador del tercer Reich. Dichos guiones están diseñados para dirigirse a un interlocutor al que se supone idiota, incapaz de comprender nada mínimamente complejo. Por supuesto, su finalidad es performativa. El objetivo es idiotizar al objeto de dicho discurso.

Esta táctica opera sobre la base de suponer un sistema sólidamente establecido, creencia que sólo los necios pueden sostener luego de la crisis mundial del 2008. La disolución del Acuerdo Transpacífico, por parte de EE.UU., fue una señal de que las inconsistencias cada vez mayores del sistema neoliberal pueden llegar a arruinar incluso esos negocios para unos pocos.

El reverso de los pseudoadaptados lo constituyen los desechos, productos expulsados del lazo social: desocupados, homeless, marginales, adictos, locos, etc. Todo discurso produce un resto real, imposible de significar. El discurso capitalista actual, gracias al desarrollo tecnológico, además de producir infinidad de mercancías, produce también cada vez más desechos. Es de la experiencia cotidiana que los objetos están hechos para durar cada vez menos y que son renovados cada vez más rápidamente aun teniendo vida útil por delante. Pero no son sólo los objetos los desechados, también lo son las relaciones humanas y las personas.

En la película "Sin nada que perder" un personaje dice: "Robaron al banco que nos roba hace 30 años". Y una cantidad de ciudadanos, armados hasta los dientes, sale a perseguir a los asaltantes. Todo el mundo sabe quiénes son los ladrones más peligrosos pero atacan al más débil para defender al banco. Arriesgan sus vidas para defender a quien los perjudica. En Argentina se canaliza el odio hacia los peruanos, bolivianos y paraguayos mientras los Ceos giran los dólares a las cuentas off shore.

Cuenta Primo Levi que en Auschwitz hubo una excepción. En una oportunidad nazis y judíos confraternizaron. Disputaron un amistoso partido de fútbol. Fue con el grupo de judíos que había construido y manejado las cámaras de gas en las que se mataba a los prisioneros. Dice el escritor italiano que sólo confraternizaron con aquellos a los que habían podido degradar moralmente tanto como a sí mismos. Pero el idilio no duró mucho. Al poco tiempo los mataron  también.

Hace mucho descubrió Freud el fondo masoquista de la satisfacción pulsional.


Política del psicoanálisis


Lacan decía que la ciencia forcluye al sujeto. Es cierto que el discurso del cálculo rechaza al inconsciente. Y son las producciones del inconsciente lo que le permiten al ser hablante subjetivar la estructura discursiva de la cual es objeto. El mundo purificado por el cálculo no puede producir otra cosa que un arrasamiento subjetivo. El reverso de la lógica pragmática de la ganancia es la acumulación de desechos. El resto, lo no calculable, lo real no simbolizable retorna con mayor ferocidad cuanto más se lo pretende acorralar. Esa enseñanza de la experiencia analítica es la que le permitió a Lacan pronosticar que el desarrollo de mercados comunes, es decir, de un discurso que rechazando las singularidades culturales intenta uniformar los modos de consumo, y por lo tanto de goce, iban a producir un retorno más violento de esas singularidades rechazadas. Los fanatismos religiosos, las migraciones, los terrorismos no parecen ser otra cosa que parte de ese retorno.

La forclusión del sujeto producida por la ciencia no debe confundirse con la destitución subjetiva propuesta por Lacan como uno de los efectos del fin de análisis. El atravesamiento de el o algunos fantasmas de los que se sostiene la subjetividad, gracias al análisis de la producción significante que llega a localizar las letras que condensan lo real del goce, permite movilizar las fijaciones pulsionales que sostienen hábitos sufrientes. La producción de nuevos significantes que, inventando el inconsciente, le den al sujeto una chance de hacerse representar en el lazo social es el producto de un trabajo artesanal con la singularidad del consultante. El encuentro con lo real, al estilo de “cuando peor, mejor”  no puede ser una propuesta de trabajo colectivo ya que una crisis no es siempre una oportunidad. Sólo el portavoz de una política canalla puede decir que echar a los trabajadores del estado es darles una oportunidad para que sean felices en otro lado. En tiempos en que lo real retorna violentamente como efecto del discurso neoliberal, tal vez, como decía Fernando Ulloa, sea necesario practicar una política que incluya la ternura.


Publicado en elsigma.com

 

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