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Hermafroditas, con 32 cerebros y 9 pares de testículos: así son las sanguijuelas


Son unos gusanos húmedos, pegajosos y chupasangre que a lo largo de la historia de la humanidad han sido temidos, odiados y amados por nosotros.

 

Y aunque nos quisiéramoss deshacer de ellas, hay un problema: no importa cuánto hemos avanzado tecnológicamente, no hay nada que las reemplace.

Las sanguijuelas son hermafroditas con 32 cerebros, nueve pares de testículos y una mandíbula con tres hileras de 100 dientes cada una.

Pero estas criaturas han sido y son esenciales para la medicina. En el laboratorio BioPharm de Gales, Reino Unido, las crían de a decenas de miles para hospitales de todas partes del mundo.

Allí, las dejan sin comer durante seis a nueve meses para que, cuando les toque trabajar (o quizás es más correcto decir succionar) en un paciente, no lo piensen dos veces. Este gusano resbaladizo es una herramienta fundamental para la cirugía reconstructiva del siglo XXI.

Se utilizaron en la antigüedad y han vuelto para quedarse. Desde el antiguo Egipto, las sanguijuelas fueron medio de tratamiento medicinal para afrontar diferentes patologías y ahora, en la actualidad, han sido recuperadas como perfectas aliadas de los cirujanos. En pleno siglo XXI, estos animales de aspecto poco deseable tienen la capacidad de salvar complicados implantes o injertos de piel, resultado de muchísimas horas de quirófano. Su potente anticoagulante natural permite que los pacientes, a quienes se les ha aplicado un injerto de piel –producto de una reconstrucción-, puedan conservarlo y evitar la repetición de la complicada operación. En algunas ocasiones, el colgajo de piel o carne que se implanta no tiene la capacidad necesaria para gestionar la entrada y salida de sangre, lo que produce que el injerto se congestione y se estropee. La mordedura de la sanguijuela y su posterior succión alivian la saturación de sangre, aunque la mejor parte llega cuando el animal se sacia e inyecta su anticoagulante, que es lo que permite que la mordedura no cicatrice y proporcione un drenaje natural muy eficaz que evita su desperdicio.

Uno de los aspectos interesantes sobre las sanguijuelas es que aparecen de forma consistente a lo largo de la historia de la humanidad y en todas las culturas humanas. Los babilonios se referían a ellas como las hijas de la diosa de la medicina; aunque también eran considerados peligrosas criaturas capaces de dejar seco a cualquiera.

En esta cultura ancestral, las sanguijuelas representaban tanto una amenaza para la salud como una herramienta para curar. Y esta visión es bastante consistente a lo largo del tiempo, puesto que estas criaturas han sido usadas desde los egipcios, griegos y romanos, en China, India y Europa Occidental, hasta nuestros tiempos. Hubo un tiempo en que las sanguijuelas eran muy caras, pues eran la respuesta para cualquier malestar. Los médicos creían en la teoría de los cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y negra. La hipótesis era que al drenar parte de la sangre de alguna manera se podía restaurar el balance del cuerpo y curar virtualmente cualquier enfermedad.

 

En el siglo XIX su popularidad alcanzó su mayor apogeo. Entre 1825 y 1850 las sanguijuelas se usaban para absolutamente todo. En ese entonces podías ir a una farmacia local y alquilar una sanguijuela -algo que hoy en día nos parece una idea completamente asquerosa.

Ahora sabemos que sólo se puede usar en un paciente y después hay que dejarlas morir, porque de lo contrario sería como utilizar una jeringuilla sucia. Pero entonces no era un concepto que se tuviera, y las personas acudían a las farmacias, pagaban una gran cantidad de dinero y se llevaban uno de estos animalitos para usarlo en la comodidad del hogar. La sanguijuela debía ser colocada con mucho cuidado; y si las ponías cerca de algún orificio -como la nariz o los oídos- podía meterse dentro del cuerpo y causar problemas.

Para evitar que se metieran dentro del cuerpo, los cirujanos solían coser un hilo al animal. Una técnica que también se usaba si había que tratar un dolor de muelas o una infección de oídos.

En la cúspide de la revolución industrial británica, durante la llamara era victoriana, se utilizaron 42 millones de sanguijuelas para desangres médicos.

Era un mercado valorado en unos US$1,5 millones al año, muchísimo a los precios del siglo XIX. La práctica se diluyó a principios del siglo pasado, debido a que las sanguijuelas estuvieron a punto de extinguirse y los beneficios de que se usaran para fines médicos fueron cuestionados y la medicina científica empezó a encontrar las causas de las enfermedades. Ahora, el uso de estas criaturas -si bien no es comparable a su época de oro- puede resultar un negocio rentable.

Las 60.000 sanguijuelas que ofrece al año a hospitales de toda Europa hacen de Biopharm Leech, en la ciudad de Swansea, en Gales, uno de los mayores proveedores de este rubro medicinal. La empresa despegó después de que en 1985 el caso de un niño que casi pierde una oreja diera la vuelta al mundo. Tenía 5 años y el perro de su abuela le había arrancado la oreja. Al tratarse de un niño pequeño, los cirujanos tenían dificultades para que las venas se unieran, y el responsable de la intervención había trabajado en Vietnam donde utilizaban sanguijuelas, y como última opción decidió utilizar estos animales.

En una semana o diez días usaron unas 2.000 sanguijuelas. El niño se salvo, y la empresa despuntó. Lo cierto es que, incluso hoy, no hay ninguna herramienta que trabaje tan eficaz como estas criaturas para evitar que la sangre se atasque en las zonas implantadas, reduzca la presión sobre las venas y permita formar nuevas conexiones sanguíneas.

 

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