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Columna de Opinión: El materialismo y el faso


Los revolucionarios ¿deben abandonar sus críticas enérgicas -no morales ni místicas sino materiales- respecto de las causas y efectos de -por ejemplo- la religión o las drogas en las masas trabajadoras?

 

“La religión (…), distrae la atención del conocimiento correcto a la ficción y de la lucha por una vida mejor a falsas esperanzas en el Más Allá. La religión es el opio del pueblo. Quien no lucha contra la religión no merece el nombre de revolucionario”. León Trotsky, en En defensa del marxismo.


¿Está el activista revolucionario, marxista, a favor de prohibir que el trabajador profese alguna religión? Por supuesto que no; se defiende al individuo ante el Estado a que profese la religión que le plazca incluso a sabiendas de aquello que le es perjudicial para él. Pero es indudable que en esa defensa un partido revolucionario debe desenmascarar desde todos los ángulos posibles qué rol cumple la religión, sus orígenes y las consecuencias sobre el trabajador y las masas.


Mucho menos -quienes luchen por el socialismo- incorporarán misticismo en su programa con el fin de no tener conflictos con otros activistas: de nada serviría desapegarse del materialismo en favor de ser “amigable” con ideas religiosas, que por más progres que parezcan (como por ejemplo algunas vertientes cristianas tercermundistas), son antagónicas al mismo partido y los intereses de clase que representa. En este sentido, Trotsky continuaba: “Naturalmente mantenemos la actitud más considerada del mundo con los principios religiosos de un trabajador, de la retaguardia no consciente. Si desea luchar por nuestro programa, le admitimos como miembro del partido; pero, al mismo tiempo, el partido tratará persistentemente de educarle en los principios del materialismo y el ateísmo”.


No se trata de alguna forma de imperativo categórico ni cuestiones morales. Ni de lo que está bien o está mal. Sino de materialismo y dialéctica. Por ejemplo si estos activistas, en algún tipo de aldea, viesen como una comunidad realiza un sacrificio de una cabra para “que llueva y termine la sequía”, lejos de dar un discurso moral sobre el sufrimiento animal procederían a explicar -si son marxistas- que las lluvias no ocurren por sacrificios sino por razones muy claras que han sido estudiadas. Es decir, incluso hasta en un caso extremo de misticismo, se debe apelar a la argumentación como acercamiento a la realidad más que a cuestiones morales. Describir correctamente nunca es una cuestión moral, sino revolucionaria. Por eso mismo oponerse "al opio de los pueblos" desde el marxismo nunca es de índole moral.


Es innegable que las personas acceden a algún elemento, más fuerte o más débil, para evadir o dar sentido –aunque sea por algún instante- a la angustiosa vida provocada por el mismo sistema. No es el mismo catolicismo el de los ricos que el de los pobres y, además, cumplen roles diferentes. ¡Hasta en algunos casos podríamos decir que existen religiones recreativas o mejor dicho actividades religiosas camufladas de recreación! Pero esto, en la clase oprimida, termina a su vez generando su contradicción: para combatir la miseria y la alienación se profundiza en la incapacidad de conocer la realidad tal cual es y por lo tanto es imposible actuar, estratégicamente, para cambiarla.


Tanto igual ocurre con las drogas. Son -el tabaco, alcohol, cocaína, marihuana, etc- compañeros necesarios de la explotación, además de un gran negocio. A su vez, el problema del crimen organizado no es una cuestión de legalidad de una sustancia. Porque el crimen organizado es el mismo Estado, sus instituciones y su clase. Este mismo se encargará de reestructurar y acomodar de papeles lo que era "ilegal", sin que eso cambie las consecuencias en la juventud. Lo único que hace la legalización es recaudar impuestos y facilitar el ingreso al sistema de dinero como resultado de la aniquilación de neuronas en las masas, como vía de escape producto de la alienación y enajenación de este tipo de sociedad. También es un gran sincericidio de la burguesía más lúcida: las drogas no son un problema para nuestra sociedad burguesa. Por supuesto, ya que sólo son un problema para la lucha por el socialismo. Decir que "legalizar es la única forma de es acabar con el narcotráfico" es sencillamente una mentira, ya que de ninguna manera la legalidad supone que no existan mercados paralelos en convivencia con las instituciones del sistema. Y es contrarrevolucionaria, ya que se capitula ante la verdadera y única forma de terminar con el crimen organizado, que no es a fuerza de leyes del mercado, sino llevando el poder a los barrios, desmantelando así el vínculo entre fuerzas de seguridad del Estado y mafias.


No nos dejamos engañar por la farsa de la libertad e igualdad que nos promete la sociedad burguesa, como valores universales que están más allá de las condiciones materiales de existencia. Para nosotros la libertad e igualdad sólo son posibles en una sociedad sin clases. Siguiendo el mismo mecanismo de reflexión, así como la libertad de un capitalista no es la misma que la de un trabajador, las formas recreativas en torno al consumo de drogas poseen las mismas diferencias: para las clases más postergadas es su aniquilación. Si para las clases más acomodadas "el arte de vivir", "si sucede conviene" y RaviShankar no les supone un problema de clase, sí lo es para las multitudes más postergadas que depositan no sólo su esperanza sino también dinero en las iglesias "milagrosas" que hasta tienen programas televisivos. Esto ocurre incluso dentro de los estratos de una misma clase, donde las diferencias de capital cultural y “saber hacer”, que no se aprende desde un folleto informativo sino que es la consecuencia de un desarrollo social específico, expone aún más la fragilidad social que representa la cuestión "recreativa". Hablar del uso de drogas como recreación, así a la ligera, puede entonces pecar de metafísico al realizar una abstracción sobre el consumo y los individuos por fuera sus circunstancias.


¿Qué es recreativo? Dentro de las filas de la clase trabajadora es la expresión pequeñoburguesa para no llamar por su nombre al intento de escape a la alienación, dolor y frustración. En última instancia, la recreación en estos términos no es más que el intento de forzar los sentidos para sacar belleza de algo que no lo tiene, o lo tiene pero no se lo puede captar. Para hacer divertida una charla que no lo es o en la que se está agotado para encontrarle gracia. Para hacer digerible una obra artística que sino aburriría, o que no tuvo tiempo ni energías de prepararse para el disfrute. Para animarse a realizar algo que su conciencia de por sí no haría. ¿Cuál es el límite entre ese vaso de vino que de la risa pasa a la trompada? En código dialéctico: ¿dónde carajos termina la espalda y empieza el culo? Sencillamente, "recreativo" es una ambigüedad. Todo esto, que no es más que la expresión embrutecedora del capital sobre el potencial humano, debe ser llamado por su nombre y no bajo eufemismos cuya función es la de legitimar nuestros consumos. Probablemente en la sociedad comunista este debate tenga otro carácter, lo cual es lógico. En tanto estamos aquí, como parte de la lucha contra el Estado burgués, despenalicemos el consumo y la tenencia para defender a las víctimas de esta "religión" química. Que el Estado se haga cargo por medio del sistema de salud de brindar la asistencia necesaria para evitar más muertes -así como miseria en las mentes- por el consumo de drogas. Profundicemos la necesidad del desmantelamiento de las redes criminales y el Estado como única solución real para terminar con el narcotráfico.


Entonces los revolucionarios ¿deben abandonar sus críticas enérgicas -no morales ni místicas sino materiales- respecto de las causas y efectos de -por ejemplo- la religión o las drogas en las masas trabajadoras? ¿Pueden obviar agitar consignas profundamente revolucionarias? No. Si realizar la revolución sólo dependiera de una vanguardia altamente preparada para interpretar la realidad, distinta sería la cuestión. Pero sabemos que la revolución depende de las masas y su lucidez, de su capacidad para interpretar la realidad, con la atención en el conocimiento correcto y en la lucha por encontrar felicidad real. Es decir, nada que provoque en el individuo lo contrario le será útil para su liberación, al menos, en los tiempos que corren. Por lo tanto, defendemos la libertad de elección pero no dejamos de explicar ni un segundo, para terminar con la alienación, el enorme problema que supone el consumo de cualquier tipo de sustancia química o "mística" en la medida que altere la percepción de la realidad y la conciencia.

 

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