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Necesidades humanas y sostenibilidad socio-ecológica: dos caras de una misma moneda

El bienestar de los seres humanos comienza por la satisfacción de las necesidades más básicas y fundamentales. Las necesidades son por lo tanto la dimensión más importante (o la primera) del bienestar humano, ya que sin estar éstas cubiertas es muy difícil atender al resto de aspectos que determinan una vida buena (como por ejemplo las relaciones sociales o la expansión de las libertades).

Pero… ¿qué es realmente necesario? ¿Cabe distinguirlo de lo superfluo? ¿Qué debemos

entender por necesidades humanas?

Si bien es cierto que, bajo una economía de mercado, el consumo de ciertos bienes y servicios

puede satisfacer algunas de nuestras necesidades más fundamentales, el capitalismo ha

logrado distorsionar nuestra concepción de necesidad haciéndonos creer que necesitamos de

un consumo continuado y desproporcionado de mercancías para alcanzar una vida buena. Y

no es así. Las evidencias muestran, cada día con más rotundidad, cómo la persecución de esta

clase de ilusiones no sólo no nos hace más felices, sino que está quebrando de forma

irreversible algunos equilibrios biofísicos esenciales de nuestro mundo a la vez que nos

adentra en una espiral de desigualdades sociales crecientes y accesos restringidos para la

inmensa mayoría.

En el contexto de finitud que representa la realidad biofísica de nuestro planeta, y ante el

empuje constante de una economía caracterizada por la acumulación de capital que ignora la

existencia de tales limitaciones, establecer qué constituye una necesidad y qué no determinará

–en buena medida– la viabilidad de los proyectos humanos sobre la Tierra en los próximos

decenios. Explorar las posibles respuestas a este interrogante clave, desde las bases de las

ciencias sociales y la ética, resultará pues crucial tanto para el devenir de la humanidad como

para el de toda la biosfera.

La verdadera noción de necesidad

Las necesidades surgen frente a las carencias. Pero no frente a cualquier tipo de carencia, sino

sólo ante las más graves, aquellas capaces de producir dolor. No se podría decir, por lo tanto,

que una persona “necesita” un collar de perlas (por ejemplo), pues la carencia del mismo no

produce dolor (como mucho un pasajero malestar caprichoso). Sí se podría decir, en contraste,

que una persona necesita –por ejemplo– agua, pues su ausencia produce la sed, un dolor que

prolongado en el tiempo acaba provocando incluso la muerte. Necesitamos, por consiguiente,

todo aquello que no tenemos y cuya ausencia nos produce dolor. Éste puede ser un buen

criterio para empezar.

Contrapuesta a la noción de “necesario” se encuentra la noción de “superfluo”. Mientras que

de lo necesario no podemos prescindir sin experimentar dolor, de lo superfluo sí. El agua, siguiendo el ejemplo anterior, es un bien necesario para los seres humanos mientras que un

collar de perlas es un bien superfluo.

Sobre estos aspectos, aunque con otras palabras, ya indagó hace más de 2.300 años Epicuro

de Samos, quien defendía que la eudaimonía (bienestar, felicidad, calidad de vida) tiene que

ver, en primer lugar, con la ausencia de dolor. Epicuro apuntaba hacia dos clases de placeres

relacionados con dicha ausencia. Los primeros eran los placeres estáticos, que nos quitan el

dolor rápidamente y que no son susceptibles de incrementarse (“el mayor placer está en beber

agua cuando se tiene sed y comer pan cuando se tiene hambre”) (1). Dentro de estos, Epicuro

discernía entre la aponía, o placeres para el cuerpo (como sería el caso del agua, que cura la

sed; del alimento, que cura el hambre; y del techo y abrigo, que curan del frío) y la ataraxia, o

placeres del alma (como la filosofía y la amistad). En segundo lugar se encontraban los

placeres cinéticos, cuya variación cualitativa y momentánea no incrementa la ausencia de

dolor (como beber agua cuando ya no se tiene sed).

El primer grupo de placeres de Epicuro se correspondería hoy aproximadamente con la noción

de “necesario” mientras que el segundo lo haría con la de “superfluo”. Huelga decir que el

sabio pensador griego aconsejaba cultivar el primer grupo de placeres, manteniendo siempre

una postura de moderación y control frente a los segundos.

La expansión humana de las necesidades

La calidad de vida de los seres humanos (al igual que sucede con el resto de animales)

comienza, como ya se ha apuntado, por la satisfacción de las necesidades más básicas: las

conocidas como necesidades fisiológicas o vitales (nutrición, respiración, protección física,

descanso). Resulta lógico: sin agua y energía para nuestro cuerpo, o sin aire para nuestros

pulmones, es complicado atender al resto de aspiraciones en la vida.

Sin embargo, el Homo sapiens, como señala Joaquim Sempere, es un animal cuyas

necesidades no quedan restringidas al ámbito fisiológico. Hemos de reconocer la importancia

de un segundo grupo de necesidades psicosociales: autoestima, reconocimiento, aceptación

social, pertenencia a un grupo, etc. Estas necesidades, a diferencia de las primeras, no son

satisfechas frente a una carencia material concreta, sino como disposición hacia lo que somos

capaces de realizar o aquello hacia lo que aspiramos. Se inicia aquí toda una serie de

construcciones humanas que van más allá de lo puramente fisiológico y que se entienden

dentro de la historia del refinamiento humano (siempre dispuesto a inventar nuevas realidades

que transcienden lo estrictamente biológico) (2).

Dentro de estas necesidades psicosociales se enmarcaría la ataraxia –o placeres del alma– de

Epicuro, como la filosofía y la amistad (hoy podríamos hablar de persecución de fines propios

y participación social). El problema surge cuando, en la tentativa de conseguir cubrir este tipo

de necesidades, nos dejamos nublar por el reclamo de lo infinito –que el capitalismo

deliberadamente promociona– para acabar confundiendo los medios con los fines en una

carrera humana hacia consumos cada vez más feroces y absurdos que alimentan las

sociedades occidentales del individualismo y del derroche (caracterizadas por ensalzar los

placeres cinéticos como un fin en sí mismo). Pero, como apunta Sempere, precisamente por el

hecho de ser construcciones humanas, este grupo de necesidades puede ser en gran medida

redibujado sobre un nuevo cimiento ético en donde primen los comportamientos no

adquisitivos y la aceptación de los límites biofísicos del planeta (con la consiguiente y lógica aceptación de la incapacidad del crecimiento continuo e indefinido de la economía), y donde

se ejercite el ser y el hacer por delante del tener. Éste es uno de los mayores desafíos de

nuestro tiempo.

Una misma necesidad; diferentes formas de satisfacerla

En la propuesta de Manfred Max-Neef, las necesidades humanas son limitadas, identificables

y comunes a todas las culturas y períodos históricos. Lo que varía en función de la cultura y

del tiempo no son por lo tanto las necesidades humanas sino los medios o maneras de

satisfacerlas; es decir, los “satisfactores”, los cuales sí que cambian en función del sistema

económico, político o social, estando culturalmente determinados (3). Así, la necesidad de

abrigo, por ejemplo, puede ser satisfecha mediante diferentes satisfactores según dónde

alcancemos a poner nuestro foco de atención. Mientras que en algunos lugares del mundo esta

necesidad es cubierta mediante una única prenda de abrigo y un humilde hogar, en otros

lugares es satisfecha a través de docenas de prendas de abrigo y una o varias casas, amplias y

lujosas, provistas de calefacción todo el año.

La relación de los satisfactores con las necesidades es la de los medios con los fines. La

sociedad productivista–consumista se caracteriza, entre otros rasgos, por la confusión

constante, deliberada e incesante entre fines y medios. Los medios se transforman en fines y

estos se pierden de vista; se desvanecen en el universo de los objetos.

Las necesidades no son intencionales, y en ese sentido no podemos elegirlas: sencillamente

están ahí. Pero sí que podemos elegir los satisfactores. Las necesidades básicas están dadas,

pero podemos autodeterminar –al menos en parte– los deseos y los satisfactores. Mantener

abierta esta posibilidad resulta crucial para cualquier perspectiva de emancipación en un

“mundo lleno”, un mundo cuyos límites ecológicos se han alcanzado o –en algunos ámbitos–

incluso se han sobrepasado ya.

El problema del consumo surge por lo tanto cuando se realiza de forma irracional e

innecesaria, más allá de lo razonable, fomentando lo que Tim Jackson calificó como la

sociedad de la insaciabilidad, en donde no se distingue entre necesidades básicas y

preferencias o deseos insustanciales (o entre aquello que es necesario y aquello que es

superfluo) (4).

El principio de precedencia

Puede ser de utilidad, para distinguir entre deseos legítimos e ilegítimos, el criterio normativo

que propuso hace ya tiempo el filósofo argentino Mario Bunge: los deseos de un ser humano

son legítimos y pueden ser libremente perseguidos sólo en la medida en que no impidan la

satisfacción de las necesidades de otros seres humanos (5).

Ello supone que se sostiene un criterio muy parecido al que han enunciado diversos autores

bautizándolo como principio de precedencia: las necesidades de un determinado ser humano

(o población humana) tienen prioridad sobre sus preferencias (o deseos) y los de cualquier

otro ser humano. Las necesidades, por lo tanto, siempre deben tener prioridad sobre los

deseos, ya que causar un daño es peor que no conceder un beneficio (prioridad de las

obligaciones morales negativas sobre las positivas).Como recuerda Sempere, la continua innovación tecnológica a la que asistimos hoy en día nos

permite concebir como necesarios artefactos y hábitos que se originaron como superfluos y

que en un primer momento sólo eran accesibles para una adinerada minoría. Esto posibilita –

por mimetismo– “una carrera indefinida hacia consumos crecientes en todas las clases de la

sociedad”. Es así como el capitalismo ha logrado instaurar en el imaginario social dominante

la concepción ilimitada de las necesidades humanas; una concepción que, lejos de hacernos

más felices, nos está abocando a un mundo cada vez más desigual y ecológicamente enfermo.

La difícil tarea de vencer la desmesura

La cantidad consumida de bienes y servicios mercantiles (lo que es aproximadamente medido

a través del PIB) no nos informa sobre qué es lo que la gente hace con estos bienes y servicios

para enriquecerse interiormente como seres humanos. Las posesiones y el consumo de

mercancías no determinan la calidad de vida de las personas, sino que definen –si acaso– su

nivel de vida. Es la capacidad de las personas para transformar bienes y servicios en

realizaciones lo que al fin y al cabo determina una vida buena.

Nuestra identidad, nuestros sentimientos y nuestros sueños y deseos están atravesados por

bienes materiales. Creemos que nuestra libertad depende del acceso ilimitado a dichos bienes

pero no es así; y cada día existen más movimientos sociales que así lo entienden,

favoreciendo y promocionando formas directas de acción social que se orientan a la

generación de bienes relacionales y al enriquecimiento espiritual. Enriquecer estos valores y

convertirlos en fuente de bienestar humano ha de abrirse como alternativa al falso bienestar de

necesidades creadas y consumismo inducido. Se trata, al fin y al cabo, de curarse de lo que los

antiguos griegos llamaron hybris: esa desmesura humana que parece caracterizar a nuestra

especie y que nos hace ansiar el tener por encima de todas las cosas, aunque ello signifique –

paradójicamente– renunciar muchas veces a nuestro propio bienestar. Manuel Sacristán, en su

libro Pacifismo, ecología y política alternativa, plasmó de forma magnífica esta idea: “Hemos

de reconocer que nuestras capacidades y necesidades naturales son capaces de expansionarse

hasta la autodestrucción. Hemos de ver que somos biológicamente la especie de la hybris, del

pecado original, de la soberbia, la especie exagerada” (6).

De esta desmesura humana se aprovecha el capitalismo a cada instante, pues como nos

recuerda González Faus, este sistema económico no sería capaz de funcionar sin un bienestar

conceptualmente asociado a los comportamientos consumistas (7). Por ello, para el

capitalismo, la producción más importante es la producción de insatisfacción, que nos alienta

a consumir como un fin en sí mismo, proponiéndonos poseer todas las cosas a cambio de

estar solos (hecho que convierte al capitalismo en un enemigo declarado del bienestar

humano) (8).

Romper con esta hybris a través de la educación, de la concienciación social, de la praxis

sociopolítica y del fortalecimiento de los vínculos comunitarios se vislumbra crucial para

afrontar los retos del nuevo milenio. Avanzar hacia sociedades sostenibles, justas y felices

significa salir del anonimato del individualismo consumista en pro de mejorar el vínculo y la

solidaridad social. Y significará caminar hacia lo necesario desde lo superfluo.

Notas:(1) Epicuro, Ética, Barral, Barcelona, 1974, p. 73.

(2) J. Sempere, Mejor con menos. Necesidades, explosión consumista y crisis ecológica,

Crítica, Barcelona, 2009.

(3) M. Max-Neef, Desarrollo a escala humana: conceptos, aplicaciones y algunas

reflexiones. Nordan Comunidad, Montevideo, 1993.

(4) T. Jackson, W. Jager y S. Stagl, Beyond insatiability —needs theory, consumption and

sustainability, en: L. Reisch e I. Røpke (Eds.), Consumption —Perspectives from Ecological

Economics. Edward Elgar, Cheltenham, pp. 79-107, 2004.

(5) Mario Bunge, Treatise on Basic Philosophy, vol. 8: Ethics: The Good and the Right,

Reidel Publishing Co., Dordrecht/ Boston/ Lancaster 1989, definición 1.13.

(6) Manuel Sacristán, “Comunicación a las Jornadas de Ecología y Política” (1979), en

Pacifismo, ecología y política alternativa, Icaria, Barcelona 1987, p. 10.

(7) J.I. González Faus, Nada con puntillas: fraternidad en cueros. La lucha por la justicia en

una cultura nihilista, Cuadernos de Cristianisme i Justícia, No 166, p. 16.

(8) J. Riechmann, ¿Cómo vivir? Acerca de la vida buena, Los Libros de la Catarata, Madrid,

2011, p. 20-21.

Mateo Aguado es investigador del Laboratorio de Socio-Ecosistemas de la Universidad

Autónoma de Madrid; Jorge Riechmann es profesor titular de filosofía moral en la

misma universidad.

Este texto se basa, en cierta medida, en un artículo más extenso de los mismos autores:

AGUADO, M., Calvo, D., Dessal, C., RIECHMANN, J., González, J.A. y Montes, C. La

necesidad de repensar el bienestar humano en un mundo cambiante. Papeles de Relaciones

Ecosociales y Cambio Global Nº 119: 49-77, 2012

 

Mateo Aguado y Jorge Riechmann

 

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