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España empieza a incendiarse

Estudiantes valencianos que se manifestaban en protesta por los ajustes a la educación fueron ferozmente reprimidos por la policía. Explotó España, y era previsible porque todo el mundo sabe que los ajustes sólo cierran con la represión de la consecuente protesta social. Ahora a la violencia que significa el creciente número de desocupados y los recortes de todo tipo se suma también la violencia física, desatada con crudeza y sin miramientos, esta vez contra los estudiantes valencianos.

 


En efecto, el descalabro producido por los planes de ajuste promovidos por el gobernante Partido Popular comenzó por la Comunidad Valenciana -una de las regiones más endeudadas de España- y marca el inicio de un plan de ajuste regional por más de mil millones de euros que afecta a la sanidad y la educación.


A los estudiantes que ocuparon las calles la policía opuso dureza. La violenta actuación policial recordó a todos que su preparación no ha cambiado un ápice desde los tiempos del franquismo y es otra prueba más –la vergonzosa expulsión del Juez Garzón de la carrera judicial es otra- de los riesgos que conlleva el olvido y el perdón sin intervención previa de la Ley.


La mecha de las protestas la prendió el arresto de un alumno durante una concentración que, ante el Instituto de Educación Secundaria Luís Vives, se expresaba en contra de los recortes a la enseñanza decretados en Valencia, territorio gobernado por el conservador Partido Popular.


Los alumnos pretendieron cortar una calle, y en el intento por impedirlo la policía inició una batalla digna de la expulsión de los últimos moros medievales que retenían Granada. Frente a las fotos de estudiantes golpeados y a los testimonios visuales que invadieron internet, el Ministro del Interior español, Jorge Fernández, reconoció que pudo haber “algún exceso” en el desempeño del cuerpo armado pero que también debe considerarse que “hay más policías heridos que manifestantes”.


Lo peor de la violencia franquista mostró sus dientes después de años. Hubo denuncias de torturas a los estudiantes y conducta policial más allá del su deber. Una alumna contó a los medios cómo un uniformado le había espetado “no tienes cuerpo ni para puta”. Toda una muestra del nuevo pensamiento ilustrado y, por supuesto, una vergüenza.


En las imágenes transmitidas por televisión y redes sociales puede observarse a un policía que arrancó de una bofetada las gafas a un estudiante desprevenido, o a un manifestante que se agachó con el rostro ensangrentado. Agentes armados con bastones embistieron y golpearon a adolescentes que corrían por sus vidas. En los enfrentamientos del lunes 20 de febrero hubo heridos y detenidos, algunos de ellos menores de 18 años.


El asunto se agrava cuando se considera que los sucesos no ocurrieron en algún remoto país bajo el yugo de un sátrapa oriental típico. Nada de eso. Se trata de España, del corazón de Europa.


¿Cuál ha sido la reacción del Gobierno español? ¿Separar al jefe del operativo policial? ¿Relevar al Ministro de turno? ¿Anunciar conversaciones para explicar, aligerar o revertir los efectos del ajuste? Sin dudas que no, y por esa causa los sucesos de Valencia van por el camino de constituirse en el inicio de una política de garrote y criminalización de la protesta en todo el país pero… ¿No fue por esa causa que España apoyó la sangrienta invasión de Libia?


El primer ministro español, Mariano Rajoy, ha evitado pronunciarse. Para él, el pueblo español “debe estar a la altura de las circunstancias”, lo cual es un eufemismo para decir que debe aceptar el ajuste, la desocupación y la miseria consecuente como único camino. Nadie, pero nadie, recuerda el contraejemplo de Islandia u osa alguna crítica contraria a las políticas económicas pro desastre social promovidas desde la Troika europea. Tal vez sí algún gremialista, pero no alcanza para comprender cómo todo un país votó abrumadoramente al Partido Popular a sabiendas de que sus cuadros adolecen de la más elemental materia gris. Ese será un caso de estudio para una legión de sociólogos de los tiempos futuros.


Simultáneamente, el jefe de la Policía, Antonio Moreno, defendió la actuación de sus agentes, tal y como había hecho anteriormente Paula Sánchez de León, Delegada del Gobierno en Valencia.


Como si fuera un general de Napoleón, Moreno justificó el accionar de sus fuerzas en la "agresividad" de los estudiantes reprimidos y se negó a revelar el número de efectivos represores intervinientes basándose en el hecho de que "no es prudente revelar al enemigo cuáles son mis fuerzas".


No conforme con semejante barbaridad el funcionario policial agregó que "Algunos creen que están en un juego, pero luego vienen las sorpresas y las lamentaciones”. En Argentina, por una declaración de esas características un jefe policial sería automáticamente destinado a limpiar los retretes de cualquier cárcel común y bajo estricta supervisión psiquiátrica. En cambio, en la nueva España Popular en la que los estudiantes son el enemigo, Moreno es intocable y parte fundamental del “orden” que se les viene.


Posteriormente, las protestas estudiantiles por la represión en Valencia empezaron a extenderse por toda España.


Al grito de "Yo también soy el enemigo", miles de manifestantes en la céntrica Puerta del Sol de Madrid le respondieron a Antonio Moreno. En Málaga, decenas de personas cortaron el tránsito céntrico en apoyo al movimiento estudiantil valenciano y convocaron a nuevas protestas.


“Todo por la Patria”, reza en la entrada de todos los cuarteles de España. ¿”Todo” implica también agredir a quienes no tienen defensa?


Así parece entenderlo el Ministro del Interior Jorge Fernández Díaz quién justificó los dichos de Moreno asimilándolos a un “error humano” y a un “lapsus verbal” sin siquiera darse cuenta de la gravedad del tema. Un error atrás de otro para formar una cadena no casual que explica de qué forma el flamante gobierno de España pretende atender a sus gobernados. Y lamentablemente esto sólo parece ser el comienzo.


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Por Diego Ghersi | Desde la Redacción de APAS 24|02|2012

 

 

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